Home      Contacto

                    Alvarez Castillo Editor

     

Pájaros

 

Monólogo de Héctor Alvarez Castillo

incluído en Historias para una puesta teatral

 

(Un hombre pasado los cuarenta años recorre la escena agitado. Sus gestos son expresivos, pero suele tomar un tono íntimo, confesional. Dialoga con dos personajes, a veces al mismo tiempo, otras alternando entre María y Pedro, el ruso. El decorado son paredes, ventanales, ruido de pájaros, árboles, ramas golpeando contra los vidrios. El viento es la música constante.)

¡Pájaros! ¡María! Los pájaros han vuelto contra las ventanas, golpean los vidrios. ¿Los escuchas? ¡Míralos! Tienen alas tan grandes que parecen bestias... ¡María! ¡María! ¿Te has vuelto a ir? ¿Te has vuelto a ir, María? ¿Dónde estás? ¿Dónde, María? Esa pregunta que se repite, va por las habitaciones, es un eco, nunca calla. ¿Quién anda por ahí? ¿Quién anda? Y los pájaros azotando con sus alas la casa, las paredes, azotando la pared blanca, la pared oscura, azotando la pared negra... ¡Ves la sangre! ¡Aquél, aquél está sangrando! Le cae un hilo y se confunde con el movimiento, aturde... ¡María! No importa que te hallas ido, no importa, María, no importa, aprendí a juguetear con tu nombre, es casi lo mismo, es como si te hubieras quedado... ¿Río? Si, mírame reír, así, así, ves como ríe tu hombre, María, ¡ves como ríe! Ahora sé reír, construí una presencia dócil con esa ausencia rebelde... ¡María! No importa que te hallas marchado, no. ¿Ves el alféizar? Sólo tú eras capaz de verlo. El mármol está pulido, la lluvia lo fue gastando y yo disfruto de él, yo solo, escuchas. ¡Ja, no te molesta! ¡Y afirmas que te creo! ¡Ja! Cuando durante la noche camino sobre él, miran desde abajo, son ellos, se pasan el día observando mi conducta, qué hago y qué dejo de hacer. Los he visto con estos ojos, con estos... ¡María! Estoy harto de ellos, son fantasmas, fantasmitas tontos. Me dan risa, estertores de risa, risotadas, risitas, risas de mujeres, de mujeres viejas, sin dientes, de jóvenes, de mujeres jóvenes, risas, risas de niños... ¿Sabes cómo ríen los niños? Si no lo sabes escucha, escucha... Acércate, acércate Pedro, acércate para que te hable al oído, despacio, no espantes a los pájaros, no, no los nombres, no hables de ellos... Ríen con la panza al aire, boca arriba los desvergonzados, y ríen por cualquier tontera. ¿Recuerdas cuando éramos chicos, así de pequeños? Muy amigos, no es cierto... Tuvo un accidente, sí, me lo contaste la otra vez cuando nos vimos por casualidad, sólo por casualidad. ¡Quién iba a suponer que vos ibas a andar caminando por ahí! Nadie, nadie... Pasaron muchos años sin saber nada, muchos, te fuiste y ya está. ¡Bah! No sé, de un día al otro no supe nada más de vos... Tuvo un accidente, Pedro tuvo un accidente... ¡María, tené cuidado con los pájaros! ¡Vuelven, estoy cansado de decírtelo, vuelven siempre! No recuerdo lo que me dijiste esa tarde. Te golpeaste, sí, sé que fue eso, un accidente de los que se comentan. Te golpeaste la cabeza, el coche abrió el techo contra tu cabeza. ¡La tenías dura ruso! ¡Vaya a saber qué tiene uno ahí dentro! Éramos amigos, amigos de los buenos, pero, el tren pasó y yo, yo, viejo, ya no me acuerdo, y los pájaros están quebrando sus alas contra los espejos, se estrellan de puro idiotas. Éramos amigos, te dolía la cabeza, a veces te duele, sé que te duele, en las noches de frío debe doler más. ¿Por qué no te ponés un gorro de lana? Eso es bueno, ruso. Haceme caso una vez al menos, con el gorro no vas a tener esos mareos. Mi tía vivía recomendándome lo del gorro y una vez le di el gusto, es mejor que las medias, mejor que los pájaros, mejor que María...

¡María! ¿Dónde estás, María? ¡Puede ser que te hayas ido de nuevo!... El alféizar tiene el color de las hojas que trae el viento, son hojas, sólo hojas... Es el mármol... No hay que andar en moto, ruso, no son buenas las motos, no son buenas, son peligrosas. Esta vez la contaste, pero la próxima, ¿quién sabe la próxima? Aunque vos ibas en auto, si, vos me lo contaste, en un auto, en tu auto, ruso... ¡A vos sí que te van bien las cosas! ¡Te acordás! Es lo que siempre andaba murmurando el viejo Lalo, el que vivía a la vuelta del colegio... ¡Te acordás! Siempre canturreaba lo mismo, así, así nomás, indiferente, sin mirar siquiera qué era lo que nos sucedía... ¡Qué viejo de mierda Lalo! ¡Y los pájaros! ¡Ja! Mirá a los desgraciados, no sienten ni un poco de miedo, ningún empacho, están obstinados, enchastran los cristales. ¡Es un disparate!... ¡Bajate, ruso, bajate de la moto de una vez! Ya es tarde y María se mandó una cena de las mejores, como las de la tía, sí, la de la bolsa de nylon, la que nos decía que cuando llueve hay que estar preparado.

Palermo, octubre de 1994

    

Volver a El prisionero - Historias para una puesta teatral