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(Una mujer de treinta años está sentada en
su cama, cubierta sólo con un baby-doll traslúcido, sin otra
prenda. El decorado es intimista. Una luz tenue que riega todo
el escenario. Durante el monólogo simulará el acto sexual,
imaginará al hombre, se tocará el cuerpo como si sus manos
fuesen las manos del otro.)
La lengua lame mis dedos, juega con ellos,
apenas los moja entran en la tibia boca y los dientes los
atrapan con leves mordiscos. Un cosquilleo sube por mis
talones, va por las piernas. Alargo mi brazo para alcanzar con
la mano su cabello. Besa las plantas de mis pies, las lava, el
sudor ha desaparecido, soy mar, la sal baña mi espalda, cae al
precipicio. Sólo dejo escapar un murmullo de hojas secas, por
instantes estoy adormeciéndome, es un encantamiento, recuerdo
cuando de niña leía cuentos de hadas, es la misma sensación,
muerde mis muslos, desciende nuevamente por las piernas, gimo,
despacio, levemente, el sonido es una caricia, un eco, un
murmullo de hojas secas. Me ha dado vuelta, he girado ante él
como un abanico, mis labios se aprietan a sus labios, sabores
me inundan, empiezo a sacudir la carne, siento esa viril
dureza que entra en mí, grito, un espasmo recorre todo mi
cuerpo, he abierto los brazos y los he cerrado sobre él, mis
uñas penetran la piel, siento el gusto de la sangre en mis
yemas, y grito, grito, mi corazón lo llama, grito, el dolor y
el placer, el dolor, los dos hemos atravesado ese límite,
franqueamos el sueño ingenuo... Algo lo ha detenido, mi cuerpo
se contorsiona, quiere recuperar un equilibrio que ya no le
pertenece, refriego mi rostro contra las sábanas, están
mojadas, las hemos encendido, hay cosas en el piso que nos
hablan, me he echado boca abajo para descansar, sé dónde está,
sé de dónde viene, el dolor va a comenzar, mi cuerpo se abrirá
a él, resistirá hasta ceder, conozco ese placer, lo necesito,
sus manos me están acariciando, su lengua me besa, me relajo
aún más, el deseo está en todos los sitios, mis piernas se
estiran, su saliva prepara las cosas, unta mis nalgas hasta
llegar ahí, me arqueo, tensa y leve como una rama al viento
dejo que la crema suavice las primeras heridas, me toma de la
cintura, firme, me aprieta hacia él, grito, dolor, delicia...
Abandoné mi cuerpo, lo abandoné para él,
sólo para él. Sus besos estuvieron a mi lado, sus manos,
fuertes, fibrosas, se alzaron con mi piel, sentí que robaban
de mí todo lo que había... Arqueada, su nombre se deslizaba
hacia el río malva, corría con mis latidos, con mi voz, con
mis gemidos.
Tiemblo... Está a mi lado, mientras roza mi
piel no ha dejado palmo, hueco, parte mía sin poseer. Hundo mi
cabeza contra la blanda almohada. Sus dedos abren mis cabellos
como antes abrieron mi cuerpo. Lo amo, lo deseo aún más
después de haberlo sentido dentro de mí. Mis piernas están
tibias, se erizan al contacto. Dejé caer los brazos como
durmientes para que me contemplara como soy. Me quedé
extática, dura. Me quedé esperando. Besa, vuelve a besarme.
Hace horas que no dejamos de amarnos, días que no hemos
abandonado este cuarto más que para comer, entrar al baño y
volver a acostarnos uno junto al otro. Creo que no saldré
jamás de aquí, que pasaré el resto de mi existencia en esta
habitación. Locura, siempre es locura. Confundidos en el otro,
no logramos separarnos aunque los cuerpos ya han tenido lo
suficiente y nuestro corazón es lo único que permanece insatisfecho.
No partimos, por eso no lo haremos. Jugamos a que estamos
muertos, uno duerme y el otro lo recupera, lo roba a la
delicia, al jardín... Hemos caído vencidos, envueltos en
transpiración hemos superado todo obstáculo, agitado y echado
al vacío el pasado que nos cercaba. No nos queremos separar,
no, gemimos tanto de placer como de cansancio. Cuando estamos
extenuados nos refugiamos en el cariño, en los besos leves,
pequeños besos que adormecen a uno junto al otro, así, así,
observa, así, cachorros en la canasta de un niño.
Palermo, Septiembre de 1993 |