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a Carmen Dragonetti y |
| a Fernando Tola |
Cuando las cosas se
revelan en su verdadera naturaleza al brahmán
que medita con fervor, entonces él dispersa al
ejército de Mâra, como el sol que ilumina el
cielo.
Udâna I, 3
Dejó la atizada escudilla encima de la
tierra. Esa mañana, de la limosna obtuvo su única comida. La
noche anterior no le había dado descanso al joven monje y
antes de que cesara la luz quería llegar al bosque donde
moraba el bhikkhu Uttiya. Sabía que el maestro lo esperaba
desde esa caminata final alrededor del estanque de la antigua
ciudad.
Tuvieron que pasar largos y esforzados años
antes de que el joven bhikkhu realizara dentro de sí el
conocimiento anhelado. En los últimos meses las prácticas
ocuparon buena parte de las jornadas. Descansaba al resguardo
de la sombra; el sol cada vez más fuerte se hacía difícil de
soportar. La pasada estación fue más pródiga en reptiles y
alimañas. Saddhamanda permaneció semanas enteras internado en
los bosques, aislado del mundo de los hombres, enfrentado a
los fantasmas y a su soledad, realizando los deberes en el
mayor silencio. Al amanecer, el canto de los pájaros era
auspicioso anuncio para comenzar. Caminaba y meditaba hasta
que el sol desaparecía nuevamente y la tierra tornaba a ser
penumbra. Una vez un pájaro blanco lo siguió un trecho del
sendero. Oyó el ruido del aire cuando se abre, las alas
planear y sacudirse. Miró el cielo y vio donde estaba. Cerró
los ojos y volvió a observar. Susurró unas palabras y continuó
solo por el camino.
Diariamente realizaba los mismos actos como
si fuesen un ritual. A la luz del sol llegaba hasta el río
para restregarse los ojos con agua fresca. Luego marchaba en
busca de un sitio donde ejercitar las posturas en las que
había sido instruido.
Saddhamanda tuvo un feliz comienzo al
unirse a la comunidad. Las primeras enseñanzas cayeron sobre
buena tierra y el camino a la ordenación fue haciéndose llano.
Saddhamanda cumplía estrictamente con los deberes que le
daban, no había prueba que inquietara su templada voluntad.
Antes del mes de vesak —en el cual tomó los hábitos—, sus
palabras y gestos ya exhibían un gran desapego hacia todo lo
de este mundo. Pareció de toda la vida dejar las ropas comunes
y tomar el manto amarillo como protección. Entró en el sandha
con una fe inquebrantable.
En Buda me refugio, en Buda me refugio,
repetía con la voz de quien reitera una acción desde un tiempo
incierto. En ese estado reinició la senda cercana a los bambús,
con los ojos semejantes al loto en el otoño. Sabía que Uttiya
lo aguardaba. Todavía joven, pero ya maduro para ese día,
había comenzado la marcha más importante de su existencia.
Al refrescar su cuerpo, por un instante
recordó el sueño de esa última noche. Si cesan tus deseos,
cesará el mundo, tuvo que decirse una y otra vez. Marâ se
le había hecho presente con más intensidad que nunca. Las
tentaciones finales eran las más difíciles. Provenían de lo
más profundo. Residían en sus mismas entrañas de hombre; toda
esa noche debió luchar con firmeza para vencerlas. El sol lo
halló exhausto y a la vez más seguro, más cerca del último
paso. El bhikkhu Saddhamanda había inclinado a la carne, ahora
sólo restaba deshacerse de apegos originarios y alcanzar el
vacío. Estaba preparado, en su interior la malicia y el error
ya no tenían de qué aferrarse.
Al atardecer llegó al extremo sur del río.
Desde lejos su olfato reconoció el olor a carne humana y fue
directamente hacia el lugar en que las ramas se confunden con
raíces y surgen de la tierra transformadas en nuevos troncos.
Bajo un árbol Bo, el Thera, en posición erecta, aspiraba y
expiraba profundamente.
Saddhamanda dejó la escudilla a un lado. No
quería alterar al bodhisattva. Por un momento contempló el
esplendor de la naturaleza. La tierra permanecía en paz, el
aire era cálido en esa región y el agua había apaciguado todo
el fuego. El monje comprendió que los elementos eran benignos
para la oportunidad. Miró por un instante al bhikkhu. No
sintió el anhelo de acercarse. Cualquier deseo sería agregar
causas al samsâra. Sólo el Señor de los elefantes era
el refugio y la protección que necesitaba. Ese ejemplo había
sido su guía y reparo, ahora el ciclo de las existencias
quedaría vacío, como la médula de un árbol llautén.
Al igual que Uttiya realizó la asana
perfecta, se sentó listo a realizar los ejercicios
respiratorios hasta regularizar el ritmo del corazón y entrar
en samadhi. Su pensamiento se concentró hasta quedar
desprovisto de toda idea, sin tener más respuestas ni
preguntas para el mundo. Su lengua calló, ya no había nada que
pronunciar y su cuerpo, más inmóvil que el árbol sagrado, dejó
de producir acciones. Nada ligaba a los monjes con las cosas,
porque ya nada les pertenecía. Se habían desprendido de toda
conciencia y Mâra no ejercía más dominio sobre ellos. No
quedaban vínculos, era la vía, la Iluminación.
Aspiraban y expiraban con regularidad, su
sangre corría más despacio por sus venas. No se reconocía uno
del otro. No eran Uttiya ni su discípulo. No eran las aves del
monte ni eran el monte, no eran la noche ni el sol que despeja
la telaraña de la noche.
La llovizna comenzó a mojar los cuerpos,
leche de arroz vertiéndose desde una gran nube blanca. Luego
se oyeron fuertes truenos y rayos y la lluvia se hizo más dura
con la tormenta. Sólo se veía el débil reflejo de la luna
sobre un claro de agua. Por días y noches llovió más que en
varios años y el río creció hasta rebalsar sus límites y
llegar al cuerpo de los budas. Primero mojó sus pies, luego
cubrió sus piernas y el torso de ambos. Llovía incesantemente.
El agua llegó a sus bocas y cubrió sus rostros.
Cuando la tierra enmohecida volvío a ser
divisada, ya no quedaban restos de los hombres, sólo unas
viejas túnicas enredadas en las ramas de un árbol.
La Paternal, 1987 / Almagro, enero de 1990 |